La pista sin asfalto que llevó al automóvil más allá de los 1.000 km/h
Sobre una costra de sal, pilotos e ingenieros llevaron al automóvil desde los 228 km/h de 1914 hasta superar los 1.000 km/h. Más de un siglo después, el Bonneville Speedway continúa fabricando récords.
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El JCB Hydromax necesitó casi diez metros de carrocería, dos motores alimentados por hidrógeno y una planicie blanca que parece no terminar nunca para promediar 653,9 km/h y establecer un nuevo récord mundial para vehículos con motor de combustión de hidrógeno. No lo hizo sobre asfalto ni dentro de un circuito rodeado por tribunas. Corrió en Bonneville, sobre una costra de sal sin curvas permanentes, pianos ni pared de boxes. Allí la pista ni siquiera ocupa siempre el mismo lugar. Cada año, los organizadores buscan el sector más firme de la planicie y dibujan el trazado entre conos. Cuando termina la temporada, la pista desaparece y el desierto recupera su silencio.
Las Bonneville Salt Flats están cerca de Wendover, en el oeste de Utah, y son el vestigio de un lago prehistórico. El área administrada por el Bureau of Land Management abarca unas 12.100 hectáreas, con 19 kilómetros de largo por ocho de ancho. Durante buena parte del año puede estar húmeda o cubierta por agua; solo el calor del verano la vuelve suficientemente firme para correr.

Por eso Bonneville Speedway no tiene una forma fija. Antes de cada evento se inspecciona la planicie, se elige la zona más pareja y se miden tanto el sector cronometrado como las distancias para acelerar y frenar. Durante décadas se utilizó una recta de unos 16 kilómetros; en la Speed Week moderna pueden prepararse varios recorridos paralelos.
La inmensidad juega a favor, pero la sal no ofrece la adherencia del asfalto. Una huella o una zona húmeda puede desacomodar un vehículo que recorre más de 160 metros por segundo. Además, la corrosión castiga cada componente.
DE LOS 228 KM/H A LA PRIMERA GRAN BARRERA
William D. Rishel advirtió el potencial del lugar en 1896 mientras buscaba una ruta para una carrera de bicicletas. La primera tentativa automovilística importante llegó en 1914, cuando Teddy Tetzlaff condujo un Blitzen Benz a 228,1 km/h. La marca no recibió homologación oficial, pero mostró que aquella superficie podía ser algo más que un desierto difícil de cruzar.
Ab Jenkins convirtió esa posibilidad en una tradición con sus pruebas de resistencia y convenció a fabricantes y pilotos europeos de viajar a Utah. Sir Malcolm Campbell aceptó la invitación: el 3 de septiembre de 1935 llevó el Blue Bird hasta 484,6 km/h y superó la gran barrera de la época. Según los registros de la Federación Internacional del Automóvil, casi todos los récords absolutos establecidos entre 1935 y 1970 se consiguieron en Bonneville.
Las fronteras de aquel tiempo habían sido fijadas en el sistema anglosajón. Convertidas, quedaron en 483, 644, 805 y 966 km/h. Bonneville terminó quebrándolas una tras otra.
CUANDO EL AUTOMÓVIL COMENZÓ A PARECERSE A UN AVIÓN

La década de 1960 llevó la búsqueda a otra dimensión. Mickey Thompson alcanzó 654,3 km/h con el Challenger I, impulsado por cuatro V8 Pontiac. No pudo completar el recorrido de regreso necesario para homologar la marca, pero se convirtió en el primer estadounidense que superó los 644 km/h.
Después apareció Craig Breedlove y la frontera entre automóvil y avión empezó a desdibujarse. El Spirit of America tenía tres ruedas y una turbina: llegó a 655,7 km/h en 1963 y a 847,0 km/h un año después. En 1965, Breedlove llevó el Sonic I hasta 966,6 km/h y transformó la velocidad terrestre en un espectáculo mundial.
El último récord absoluto conseguido allí llegó en 1970. Gary Gabelich condujo el Blue Flame, propulsado por un cohete, a 1.014,5 km/h en el kilómetro lanzado. Por primera vez, un vehículo terrestre superó oficialmente los 1.000 km/h.
La marca cayó en 1983 y el récord actual se estableció en 1997, ambos en el desierto de Black Rock. Allí Andy Green llegó a 1.228,0 km/h con el ThrustSSC y atravesó la barrera del sonido. Bonneville perdió el centro de esa pelea extrema porque la sal ya no ofrecía la longitud y consistencia que exigían los proyectos supersónicos, pero nunca dejó de ser la capital popular de los récords.
BONNEVILLE SE CONVIRTIÓ EN UNA MARCA

La prueba más clara de su peso cultural está fuera del salar. Bonneville dejó de identificar a un lugar: su nombre comenzó a aparecer en autos y motos como una promesa de rendimiento. Pocas pistas convirtieron su geografía en una marca comercial.
Pontiac abrió el camino con el Bonneville Special, presentado en el Motorama de 1954. El nombre surgió después de que Harley Earl, jefe de diseño de General Motors, presenciara pruebas de velocidad en Utah. En 1957 llegó a producción como un convertible con V8 de inyección del que solo se fabricaron 630 unidades. Antes de encender el motor, aquel auto ya anunciaba que Pontiac quería hablar de prestaciones.
Triumph llevó la asociación más lejos. En 1956, Johnny Allen estableció un récord mundial para motocicletas con un streamliner impulsado por un bicilíndrico Triumph. La marca tomó el nombre del escenario y en 1959 lanzó la T120 Bonneville, la superbike británica original. Más de seis décadas después, Bonneville identifica a una familia completa de motos. No es decoración: nació de una plusmarca.

Rolls-Royce eligió una variante más sutil. En 2021 creó la Landspeed Collection sobre los Wraith y Dawn Black Badge para recordar los récords de George Eyston con el Thunderbolt. Fueron 35 cupés y 25 convertibles, con pintura Bonneville Blue, la textura de la sal reproducida en el panel y el cielo de la noche del récord de 1938 en el techo. La palabra no integró la denominación oficial, pero definió toda la serie.
Los tres casos son diferentes: un auto de imagen, una familia de motocicletas y una colección limitada. Los une la misma idea. Cuando un fabricante necesita condensar velocidad, récord y audacia en una sola palabra, Bonneville funciona sin explicaciones.
MILES DE MANERAS DE SER EL MÁS RÁPIDO

La Speed Week, organizada desde 1949, explica esa vigencia. Conviven streamliners, hot rods, roadsters, motos, diésel y antiguos tanques de aviones convertidos en autos. Cada participante corre dentro de una clase definida por cilindrada, combustible, motor y carrocería.
La lectura máxima de un instrumento no alcanza. En los récords mundiales de la FIA, el resultado surge del promedio de dos pasadas en sentidos opuestos sobre una distancia medida. Así se compensan el viento y cualquier pendiente. El récord es un promedio certificado, no un pico del tablero.
Esa lógica permite que proyectos millonarios convivan con equipos familiares que trabajan durante años para mejorar unos pocos kilómetros por hora. No existe una clasificación general: la recompensa es entrar en el libro de récords o volver a casa sabiendo que el vehículo fue más rápido que el año anterior.
UNA SUPERFICIE QUE SE HACE MÁS DELGADA

La imagen blanca transmite eternidad, pero los estudios cuentan otra historia. El U.S. Geological Survey documentó una reducción del espesor y de la extensión de la costra entre 1960 y 1988. El máximo medido cayó de unos 2,13 a 1,68 metros y la pérdida fue estimada en más de 55 millones de toneladas de sal, sin datos suficientes para atribuir todo el deterioro a una única causa.
El clima, el movimiento del agua y la actividad minera integran una discusión que lleva décadas. El Bureau of Land Management, la empresa que extrae potasa y Save the Salt participan de un programa de reposición con salmuera. Bonneville es un lugar histórico, pero también un recurso vulnerable. Para conservar la pista, el automovilismo debe aceptar primero que no es indestructible.
EL HIDRÓGENO DEVUELVE A ANDY GREEN A LA SAL

El récord del Hydromax conecta dos épocas. Andy Green, el piloto que rompió la barrera del sonido en 1997, regresó para conducir un vehículo con dos motores de combustión alimentados por hidrógeno y casi 1.200 kW.
Más de un siglo separa al Blitzen Benz del Hydromax. Cambiaron los combustibles, la aerodinámica, los materiales y la escala de los proyectos. También aparecieron autos y motos que llevaron Bonneville en su nombre porque la industria entendió lo mismo que los pilotos: esa planicie ya no es solamente un lugar.
Bonneville es la palabra que eligió el mundo del motor para nombrar a la velocidad. Y cada verano, cuando la sal vuelve a secarse, intenta estar a la altura de su propia leyenda.




